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Moto Jet -Prueba moto- una moto de otra galaxia

Pangea Pangea

28/06/2011 | Visto: 3013
Moto Jet -Prueba moto- una moto de otra galaxia
Te relatamos las primeras sensaciones tras haber probado la moto Jet, es decir la moto Jedi, utilizada en la primera trilogía de una de las películas más taquilleras del séptimo arte: la guerra de las galaxias.

Hacía más de dos años que no veía a mi amigo Pedro Monje y a pesar de obligarme mentalmente a dar señales de vida y saber un poco de él, nunca lo hacía por motivos varios, entre los que no se puede negar el de la pereza. Por fin, el pasado mes de marzo se me encendió esta bombilla y contacté con él una lluviosa tarde en la que nada tenía que hacer.
 
Tras un fuerte abrazo y algunas sinceras risas, nos dirigimos a un bar restaurante donde continuar nuestro intercambio de experiencias y vivencias a golpe de tragos de cerveza y chatos de vino, donde ponernos al día y darnos un poco de envidia sana con nuestras pocas y esporádicas conquistas amorosas. Inevitablemente, la conversación fue derivando a uno de nuestras grandes aficiones, el cine. Lo que no consigo acordarme es de cómo salió a relucir una perla que Will Smith hizo en sus tiempos mozos, una película de la que casi nadie conoce su existencia llamada “Seis grados de separación”, en la que se afirma que cualquier persona puede contactar con cualquier otra del mundo sea cual sea su posición geográfica o estamental con tan sólo seis contactos intermedios. Él confirmaba esta teoría, mientras que yo, incrédulo, la desacreditaba una y otra vez. Quizás fuera el estupor del zumo de lúpulo, o los años que nos hacen más testarudos, pero ninguno de los dos daba su brazo a torcer. Al fin, Pedro sacó su as de la manga, un hecho con el que intentaría definitivamente poseer la razón y contra la que yo no podría combatir. Afirmaba que él conocía la existencia real de la moto Jedi y al dueño de ésta, un acaudalado ricachón tejano que tras ver la primera trilogía de Lucas invirtió más de la mitad de su riqueza en hacer que se convirtiera en algo real mediante los más avanzados sistemas tecnológicos conocidos. Sin mediar palabra, sacó una tarjeta de visita y un bolígrafo con el que copió de la agenda del móvil los datos de contacto de esta supuesta persona que poseía nada más y nada menos que una moto Jedi. Poco más intercambiamos a partir de aquel tenso momento, entre otras cosas porque yo tenía la mente puesta en averiguar la existencia de esta persona, lo cual no llevaba implícito que esta persona afirmara la existencia de la moto. Eso ya dependía de mi don de palabra y mi pico de oro. Unos minutos después, me despedí de Pedro con la obsesión de enganchar el teléfono del trabajo con el que llamar a USA.
 
Al día siguiente fue lo primero que hice en cuanto entré por la puerta de la redacción. El saludo en un inglés americano empalagoso me pilló fuera de juego. No tenía ni la más mínima esperanza de que nadie contestara aquella llamada, pero sí lo hicieron. Un “uhm” y un “eh” fueron mis dos primeras palabras. Atropelladamente, conseguí hilvanar una frase coherente con la que presentarme y dar confianza al interlocutor, pero no podía retardar mucho más el motivo de mi llamada. Por fin y sin muchos miramientos, le expliqué cómo conseguí su número de teléfono y mis más que claras intenciones, intentar conseguir ver algunas imágenes creíbles de su espectacular moto y algunas explicaciones con las que hacer un pequeño reportaje. Un corto e incómodo silencio se coló por el auricular, tiempo más que de sobra para que el miedo me hiciera creer que todo aquello se iba a ir al garete y me iba a quedar con las ganas de saber si aquella moto existía de verdad o no. “Come here and I’ll show you it. No problem”. Estaba claro, Pedro no sólo tenía razón, sino que sus seis grados de separación eran extremadamente poderosos.
 
Manos a la obra. Me puse a buscar vuelos de avión baratos que incluso yo pudiera sufragar porque, una cosa estaba clara, dirección de la revista me ingresaría inmediatamente en un manicomio en cuanto les comunicara mi intención de probar una moto Jedi. Entonces, eso de pedirles dinero, vamos a dejarlo. Sin embargo, los precios de los vuelos a corto plazo eran tan exuberantes que me hizo replantearme aquello de ir sin que apenas nadie lo supiera.
 
No es cuestión de relatar aquí el suplicio vivido para no ser despedido y a la vez conseguir dinero para el viaje, pero créanme que no se lo deseo a nadie. 3.500 €, ni uno más. Y con eso tenía que comer y dormir a parte de volar. Después de lo de Akira, esto ya me estaba abriendo las puertas del psiquiátrico de San Gregorio, aunque creo que estaban buscando sitios donde aún realizaran trepanaciones y lobotomizaciones.
 
En fin, que una semana después estaba pisando suelo estadounidense. Bienvenido al aeropuerto de Dallas. La palabra para describir el modo de vida tejano es a mi parecer descomunal. Todo lo hacen enormemente grande allí, y me empezaba a cuadrar que un tejano hubiese sido capaz de fabricarse una moto Jedi. Bueno, él o un equipo completo de ingenieros y científicos. Con la mente saturada por el impacto visual, me fui directo al hotel con la obsesión de que pasara rápidamente la noche y encontrarme por fin con Jonathan Jacob Bryans, J.J. para los amigos, el hacedor de imposibles.

 
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